En su forma actual, los algoritmos de recomendación son la manifestación máxima del poder normalizador. El epítome de la polarización llevada al terreno de lo sistemático. Una orquesta de microcosmos curados para cada individuo en su propia burbuja ideológica, interactuando solo con sus vecinos en el barrio de vectores multidimensionales que habita su muñeco vudú en los servidores de Google, Meta, Twitter, Palantir…
La tecnología no nos hará libres. Solo ayudará a hacer lo que ya hacemos, de manera más eficiente.
Estas empresas predicen nuestros comportamientos a partir de las pistas más
mínimas que nosotros como individuos les permitamos tener, pues sus intereses
económicos están alineados con dichas prácticas predatorias.
Esto es así, es un hecho innegociable producto directo de cómo funciona el
capital en el marco regulatorio actual. Aunque se está teniendo progreso
innegable, sigue sin existir legislación que luche contra la muerte
algorítmica de la ideología en ningún país del mundo.
No obstante, el problema es inminente. Sin ignorar la interseccionalidad del
asunto, es innegable que los algoritmos de recomendación juegan un papel
fundamental en el ascenso del fascismo alrededor del mundo. Es de crucial
importancia reconocer que a nivel global, hemos confiado nuestras redes de
comunicación más importantes a un puñado de señores feudales modernos cuyos
intereses no están necesariamente alineados con los de un canal de transmisión
imparcial y socialmente responsable.
Todo lo contrario, la evidencia más reciente apunta a que estos individuos
aprovecharán todo su poder político acumulado para cumplir la que siempre fue
su meta en primer lugar; antes que conectar a la gente, antes que alojar
comunidades de nicho o ser una plataforma de difusión de ideas, su objetivo
siempre fue hacer dinero. Y cuando llegaron al techo de sus ganancias, se
percataron de que quedaba el cielo por superar.